Nómada


Juan de Dios García
XIII Certamen de Poesía María del Villar


El autor, que ha transitado como nómada en proceso de metamorfosis a la búsqueda de tierras extranjeras y nuevos horizontes, preguntándose cuántas veces nacemos y morimos al cabo del día y descubriendo que todo es transición, ha terminado por construir un libro para quedarse a vivir dentro, un álbum de postales y recuerdos.

Las palabras que contiene, simples ladrillos de fabricación, levantan otros mundos, distribuyen ventanas que se asoman a otras tierras, dejan puertas entreabiertas para ventilar sensaciones y, unidas a la cuerda circular de la experiencia, trazan el itinerario que el autor ata por los extremos; estas palabras, iluminadas por la luz azul de la memoria y cansadas de las verdades que ha forjado el camino, beben el agua del tiempo.

Quedará el silencio, la soledad que aprieta los dientes, las páginas que aún no han sido escritas:

Dejadme / aquí, en la costa, con un vino, el viento, / la muerte sucesiva de las olas.

Nací en Cartagena, en 1975. Me gano la vida como profesor de literatura en el instituto Las Salinas del Mar Menor. He publicado diversos artículos y poemas en revistas como Paraíso, Ultramar, Ágora, Presencia, Prima Littera, Dáctilo, Isla Desnuda o Hache; el ensayo Alejandro Casona: la poesía de la muerte (Universidad de Murcia, 2001) y las plaquettes El calor de la medicina (La Candela, 2006) y Heptágono (Signum, 2007). He participado en libros colectivos como Trazado con Hierro (Vitruvio, 2002) o Las letras (Fundación Carmen Conde, 2006). Fruto de cinco años en Andalucía ha sido mi inclusión en la antología Cinco visitas a la joven poesía almeriense (Fundación Juan Ramón Jiménez, 2006). Desde 2000 dirijo la revista El Coloquio de los Perros.

Como tantos autores de mi generación, el veneno de la poesía llegó antes a mis oídos que a mis ojos. Las canciones de Van Morrison, Bob Dylan, David Bowie o Elvis Costello sirvieron de preámbulo a las lecturas de Petrarca, Rimbaud, Pessoa o Bukowski.

No me seduce la idea de ser un poeta irreprochable, sino la de hacer que mis palabras oscilen como diminutos equilibristas en el trapecio del poema. El riesgo de caerse en la sucesión de malabarismos es lo que tienta al creador. Después, con la sensación de haber llegado al final del espectáculo, vendrá el ansia de trascender a los demás, la reverencia ante el aplauso del lector. Pero eso solo después. Después del vértigo.




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