La hora diáfana


En la Fundación María del Villar Berruezo, activa desde el año 1997, todavía nos sorprende que esta mujer nacida a finales del siglo XIX (1988-1977) en un lugar humilde como Tafalla (Navarra), adquiriera de forma autodidacta una formación tan amplia. Modelándose a sí misma –cuerpo, carácter y sensibilidad– llegó a destacar entre las bailarinas de la época. Sus anhelos la llevaron a París. Su perseverancia la condujo a otros lugares de Europa y a otros continentes. Su capacidad de observación y la inagotable sed de aprendizaje, la iniciaron en la escritura de artículos, poemas y relatos. Sí, no deja de sorprendernos que su obra –danza o escritura– aparezca en permanente movimiento y en cada nueva aproximación revele matices deslumbrantes.

María del Villar sostenía que la danza era poesía en movimiento y como poeta se expresó. En la Fundación que lleva su nombre recopilamos en el año 2015 parte de sus poemas en una antología titulada Parece que era ayer cuando en mis ojos claros. En 2016, reeditamos La carpia, su burro y yo, el libro de relatos que había sido publicado por la editorial Gómez en 1975. El libro que presentamos en esta ocasión desvela otra faceta de la personalidad de esta mujer singular: la de cronista. Itinerarios, personas, paisajes o acontecimientos, gracias a la depurada escritura de María del Villar, renacen en La hora diáfana para que tras la sombra de la artista, penetremos en el metafórico jardín que ella cultivó con mimo y delicadeza.

En los años cuarenta del siglo pasado, María del Villar Berruezo se convirtió en viajera por necesidad. Dejó París para huir de la guerra y poder continuar con su medio de vida, el baile. África la acogió. Las colonias portuguesas, Angola y Mozambique, se convirtieron en su refugio. La mujer inquieta, madura, viajó y viajó a lo largo de un quinquenio. Del asombro extrajo elementos poéticos para las descripciones; de las dificultades, aspectos metafísicos para la reflexión. En sus artículos –de los que brindamos una selección– se muestra en ocasiones cauta, distante ante costumbres y culturas diferentes; la mayoría de las veces, la percibimos llena de emoción y humanidad. Los artículos recogidos en este libro, tratado con respeto y afecto por los miembros de la Fundación María del Villar Berruezo, ofrecen a lectoras y lectores la posibilidad de viajar con la artista al ritmo pausado de aquellos tiempos. Barcos y trenes fueron los vehículos empleados. Papel y pluma, las herramientas. Danza y escritura se alimentaron mutuamente. Curiosidad, hambre de vivencias, algunos desengaños, necesidad y voluntad, amalgamaron el destino de María del Villar.

Su obra literaria:

La primera experiencia editorial de María del Villar Berruezo fue la poesía. Publicó Alma desnuda, en 1953, en edición bilingüe, con prólogo y traducción del hispanista Francis de Miomandre; Mis nocturnos africanos, en 1957; y La tragedia de la Luz y de las Sombras en 1961, los tres editados por Sipuco, en París.

En 1969 ganó el Prix Decouverte Prose de Burdeos con el libro de relatos L’oeuf merveilleux que se publicó en 1970. En agosto del mismo año, el Ayuntamiento de Tafalla le concedió la Medalla de Oro de la Ciudad como reconocimiento al recuerdo de Tafalla y Navarra en su universo literario.

En 1971 apareció El Huevo Maravilloso en castellano, con prólogo de Agustín de Figueroa, en la editorial Tanagra de Madrid, compuesto por una serie de relatos sobre su infancia. Saudades… toujours, novela romántica que publicó Tanagra en 1973, se editó gracias al empeño de su amiga, la actriz Josita Hernán. En 1975 la editorial Gómez de Pamplona, publicó su último libro, cuatro relatos en los que vuelve a evocar su infancia en Tafalla, titulado La Carpia, su burro y yo, con prólogo de su sobrino, el escritor José Berruezo.

Un párrafo del libro:

“Desde este yermo altozano que he elegido como sitial para mis meditaciones, viendo en la lejanía que ya se tiñe de azul, edificios conocidos transformados por la luz y la distancia, me obstino en encontrar el sentido de inmensidad que pretendemos hallar en las propias emociones; me obstino en buscar la importancia de las cosas insignificantes y en querer detener las sensaciones que, no ignoro, son fugitivas como la ilusión.

Y por si todo ello no fuera bastante, deseo conseguir aprisionar la belleza de esta magnífica naturaleza, para luego poder comprender la palabra indefinible… ¡saudade!”.




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